domingo, 5 de septiembre de 2010

Cena dominical

A modo de celebración por la mudanza al depto nuevo y mi comienzo de clases mañana, salimos a comer con tías hace un rato. Fuimos a uno de los innumerables restoranes del nuevo barrio (llamado Tai Po). Cabe recalcar que, en cierto sentido, este vecindario es lo contrario del que me encontraba anteriormente; antes estaba en el corazón mismo de Hong Kong, donde está la acción (y probablemente el primer lugar que van a hacer explotar si es que llega a haber un atentado algún día). Ahora estoy viviendo un poco más hacia las afueras de la ciudad, en un área más silenciosa, no tan movida y, por lo mismo, que muere después de las 11 de la noche. Excepto las tiendas de conveniencia: los famosos 7/11 (Seven-Eleven) están siempre abiertos, y hay tantos como chinos en china.
Pero bueno, volviendo a la comida. Partimos con sopa de melón de invierno, un plato que es tradicional comerlo durante el verano pues ayuda a eliminar el 'aire caliente' del cuerpo y, por ende, disminuir un poco la temperatura corporal. Paradójicamente, hay que comerlo bien caliente. El melón de invierno bien cocido tiene un sabor y una consistencia parecida a si cruzáramos un zapallo con una pera (menos el azúcar). Se sirve además con trocitos de carne de pollo, cerdo, camarones y verduritas menores varias (cebollines, cilantros, etcétera).
Seguimos con la 'garoupa', mejor conocida como mero en español (un mero macho en este caso, si mis conocimientos ictiológicos no me fallan). Cocinado con salsa de ostra (entre muchas otras), verduras, pequeños trozos de masitas hechas a base de harina y hongos de madera (u orejas de árbol, como se llaman esos hongos negros que se pueden apreciar en la parte inferior derecha del plato), la carne se derretía en la lengua tras cada bocado. La piel también se come, y es terriblemente buena (lo dice alguien que nunca fue un gran amante de los pescados cocinados).
¡Y nos trajeron jaibitas 'gou'! (Como la de la entrada previa) Venían en una salsa de curry, papas y tomatitos pomarola. No nos dio para terminarnos el plato, así que ahora está en mi cocina dentro de un contéiner de plumavit. Estaban inspiradoramente buenas, pero tengo mis reparos respecto de si todavía estarán buenas mañana por la mañana. Principalmente por el hecho de que todavía no tengo refrigerador (hoy al almuerzo casi me intoxico por comer 'piel de tofu' que sobró del almuerzo de bienvenida en la universidad ayer. Ah, sí: en la universidad nos dieron un banquete a los del master -una treintena de personas- y ordenaron una cantidad de platos que parecía más hecatombe que banquete. Así que, al final del almuerzo, le pregunté a uno de los profes si me podía llevar comida para la casa, a lo que me respondieron que sí. Fui el único que se avispó, lo que gatilló la envidia de mis compañeros una vez que me vieron con una bolsa con cajitas de piel de tofu, empanaditas chinas y fideos de arroz un par de horas después. Jajaja).
Para comer la salsa de curry pedimos panecillos chinos, que quedaron bien buenos con la salsa, pero que individualmente pegarle un mordisco a uno era como comer un pan hecho sólo de migas.

De postre pedimos sopas de almendras y de sésamo, pero no saqué fotos pues francamente no hay nada demasiado fascinante sobre un pocillo con un líquido negro y otro con líquido blanco (ése era el de almendras). Estaban buenísimos en todo caso. Una excelente manera de terminar una semana y comenzar otra.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Jaibitas, jaibosas

Hace unos días terminé de darle un curso de español a cuatro alumnas de entre 12 y 18 años, y en agradecimiento los padres me invitaron a comer 'fondue' chino (llamado 'hot pot' en inglés). Pero además de carne de vacuno y cerdo, había primordialmente frutos del mar. Todo se veía bueno, salvo las jaibas -que a decir verdad me tenían un tanto nervioso por la apariencia-. Comenzamos a comer, y le hincamos el diente a la carne, choclos, a la piel de pescado seca, a los pescados en trozo, camarones, locos y cuanto manjar había sobre la mesa; tomarlo con los palitos, meterlo a la olla con agua hirviendo al centro de la mesa y sacarlo al rato cuando ya estuviera cocinado.
El único problema fue que cuando metías un camarón todos tenían que apartarse un poco de la mesa. La razón: los camarones todavía estaban vivos cuando entraban al agua. Ahora bien, no es que hayan estado saltando antes, pero como contó la dueña de casa, los habían metido al refrigerador para que estuvieran atontados. Los coletazos ocasionales no duraban mucho, pero manchaban un determinado radio alrededor de la olla.
Por otro lado, los locos también estaban vivos -aunque no tan desastrosos-. Eran mucho más pequeños que los que tenemos acá, pero me atrevería a decir que estaban igual de buenos. Tal vez con un poco más de sabor, pero eso se puede deber a la salsa exótica en que se cocinaron.
Una vez cocinados y comidos, quedaba la pura conchita amalgamada en nácar. Este, en la medicina china, se extrae de las conchas, se muele y luego se usa para hacer ungüentos u otros remedios.
Todo parecía ir bien. La familia estaba atacando todos los platos menos las jaibas, y por un momento cruzó mi mente la posibilidad de que las hubieran olvidado por completo. Pero mi buen amigo Murphy es un telépata acérrimo e infalible, por lo que pocos segundos después alguien saltó y proclamó: "¡Es hora de las jaibas!"
Ahora bien, la razón por la que no se había tocado a las jaibas era porque éstas eran el manjar más preciado en la mesa. Para ser un poco más exacto, la parte amarilla viscosa que chorreaba de casi todos los trozos. "Ese es el 'gou'", me dijo la madre, y agregó: "Tiene harto colesterol, pero es buenísimo". Uno o dos minutos después, una coraza humeante de jaiba aterrizó en mi plato. Lo bueno es que al menos la parte amarilla estaba cocinada y se veía un poco menos intimidante.
Al final resultó ser, sorpresivamente, exquisita. Había una que otra tripa de jaiba entre medio que no tenía tan buen sabor, pero el 'gou' era delicioso. La consistencia era un poco harinosa pero no demasiado seca, y luego de cada bocado el corazón te mandaba una sístole y una diástole diciendo "Coles-terol, coles-terol". Quedé invitado en octubre para hacer un fondue sólo de esas jaibas. Vamos a ver cómo resulta eso. Supuestamente en otoño es cuando más 'gou' tienen, pues es una suerte de grasa que las prepara para el invierno.

martes, 24 de agosto de 2010

Como las de San Antonio

El domingo pasado me tocó almuerzo de intercambio, y entre las cosas que ordenamos pedimos medusa. Es probablemente de mis platos favoritos por acá. Bien chiclosa y suave, es como comer una suerte de cochayuyo con menos sabor y transparente. A veces la sirven en cubitos y otras en láminas lisas. En este caso, fueron algo entre medio.


sábado, 21 de agosto de 2010

Bendito yo!


Desde hace medio año que estoy practicando kung fu (y cómo no, si estoy en China), y hace dos o tres meses tuve la oportunidad de conocer a un buda viviente. Como bien se puede apreciar en la foto (disculpen por la calidad, pero es la foto de una foto), el buda no era muy entrado en años, ni tampoco es el único buda viviente que hay. Hay varios cientos, por lo que tengo entendido. Por lo que escuchado, un buda viviente es un monje tibetano que alcanzó la iluminación y lleva varias generaciones reencarnando. De hecho, hay varios que tienen una larga 'genealogía' de reencarnación. ¿Cómo se puede saber esto? Pues al parecer antes de morir el monje tiene el poder o la habilidad de dar una descripción de dónde va a ser reencarnado, además de cómo es más o menos su hogar, e incluso cómo son sus padres.
El monje que nos vino a visitar (a través de nuestro maestro de kung fu), vive en un templo en la mitad de la nada en la región del Tíbet. Esto es, desde dicho templo se necesitan dos o tres días en burro sólo para llegar a una huella donde pueden andar autos. De ahí a la civilización es otro buen tramo, y ni hablar de llegar a Hong Kong. El pobre monje debió de haber viajado al menos cuatro o cinco días.

Así que bueno: en resumen, el monje vino a la escuela y nos bendijo uno por uno. Una experiencia religiosa, diría yo. Personalmente, más que sentir superpoderes o un aura mágica al ser bendecido, me dio la impresión de que el monje me vació el pensamiento. O bueno, también puede haber influido el hecho de que estaba concentrándome lo más posible para ver si había algo místicamente inexplicable en todo esto. Quién sabe. Sigo siendo el mismo, aunque me está creciendo un cuerno bien puntudo donde el buda me apoyó el rosario.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ñom ñom

Pues sí, un postre que nos sirvieron hace algunos días. Era una gelatina que venía con hierbas y frutitos secos por dentro, sutilmente dulce y sumamente refrescante. La verdad de las cosas es que después del banquete previo apenas nos dio el espacio para comer la gelatinita esa.

domingo, 8 de agosto de 2010

Sácate un budita.

Aprovechando la invitación de una de mis intercambiarias de idioma (una señora de mediana edad que está aprendiendo español), fui a parar a los deslindes de la ciudad, donde se alzan majestuosos pequeños cerros llenos de jungla. En las faldas de uno de ellos, se encuentra el templo de los diez mil budas.
En un comienzo encontré muy bonito el nombre: poético, casi divino al presentar un número tan alto de divinidades. Las estatuillas de budas a lo largo del camino hacia el templo tenían las más diversas expresiones, y parecía no haber dos iguales.
No se puede negar que lo pasaban bien estos budas en el día a día.
Al cabo de un rato, litros de sudor y cientos de escalones, el nombre comenzó a perder su gracia inicial. Diez mil budas, y después de veinte minutos de caminata ¡no llevábamos ni mil! Para mi deshidratada fortuna, pocos minutos más tarde llegamos al templo.
Y de ahí el nombre: dentro del templo supuestamente estaban todos los budas. Los otros habían sido una 'distracción'.
El proyecto del templo fue ideado y llevabo a cabo por un hombre que se hizo adepto al budismo poco después de los veinte años. Lo perturbador es que, como ofrenda para mostrar su fidelidad a la religión, se cortó tres dedos de una mano y arrancó un pedazo de piel del pecho del porte de un puño.
Sin embargo llevó una vida feliz, y murió a avanzada edad. Hoy, los miles de buditas dentro del templo nos recuerdan su vida y obra.
Había una señora vendiendo panfletos con información sobre el templo. Al escucharme pedirle uno en cantonés, me lo terminó regalando. ¡Un hurra por poder hablar chino a estas alturas! (La parte de 'entender' es la que me va a llevar años afinar.)
La vuelta fue igual de tortuosa. El camino estaba plagado de turistas que estaban subiendo, y todos se veían tanto o más miserables que yo cuando me tocó hacer lo mismo. Diez mil budas de ida, y diez mil budas de vuelta.
Por cierto, esta es la divinidad de los favores. Es como el 'San Expedito' chino. Al tener tantas manos (mil, parece) puede arreglárselas con muchos favores a la vez. Le pedí no transpirar tanto en el camino de vuelta, pero mis plegarias no fueron escuchadas. Parece que no tienen oído para los extranjeros.

miércoles, 4 de agosto de 2010

El país de los nesios indios.

Indonesia. Lejos el viaje internacional más espontáneo y peor preparado que he tenido. Ni siquiera tenía una hojita con frases típicas, opciones de alojamiento o transporte. Sólo tenía el nombre del curandero que iba a buscar en Bali, y la promesa de un amigo de que me iba a buscar al aeropuerto de Jakarta, la capital. La idea había partido una semana y media antes, cuando terminé de leer un libro en el que hablaban de una suerte de médico brujo que leía el futuro y nació la pregunta: ¿por qué no? Encontré pasajes baratos y logré ponerme en contacto con mi amigo jakartino, y en un abrir y cerrar de ojos estaba en Indonesia.

Fiel a su palabra, ahí estaba mi amigo cuando arribé. Me fue a buscar, me prestó un apartamento que su familia tenía disponible por dos noches, me paseó por la capital y finalmente me volvió a ir a dejar al aeropuerto para tomar el avión a Bali.

Llegué a la ciudad costera de Denpassar a eso del mediodía, y a arreglármelas. Tomé un taxi y le di el nombre del sector al que iba, como a una hora de distancia. A medida que nos íbamos internando en la isla, comenzaban a aumentar las tiendas de esculturas y pinturas al lado de la calle. Con razón tanta gente va allá a comprar este tipo de cosas para luego venderlas a cinco o diez veces el precio en sus respectivos países. Llegamos a Ubud sin problemas, y el taxi me dejó en la Calle de los Monos.

Fiel a su nombre, mientras caminaba tocando la puerta de hostal en hostal, los simiescos habitantes de la calle hacían monadas por aquí y por allá. Luego de unos diez minutos logré dar con un fantástico bungalow que me cobraban quince dólares la noche, una ganga para el tamaño de la pieza, aunque el baño lleno de insectos y la falta de aire acondicionado justificaban algo el precio.

Segundo paso, meterle combustible al motor. ¡Y vaya combustible! En desmedro de los treinta y cinco grados que hacía, pedí el curry más picante que encontré en el restorán de la esquina, a ver qué tenía Bali para ofrecerme. Por poco y muero deshidratado ahí mismo. A la segunda cucharada, la cantidad de agua que estaba escapando de mi cuerpo era tres veces la que estaba ingiriendo en la sopa. La cervecita que ordené para acompañar el almuerzo no fue una gran ayuda antidiurética.

Tengo que reconocer que el restorancito era un pequeño pedazo de cielo, lo mismo que el resto de la isla. Los meseros estaban vestidos tradicionalmente, con pareos y flores en el pelo. Lo cual no les restaba masculinidad como uno puede pensar, salvo por el balinés que le tocó atenderme. El tipo podría perfectamente haber protagonizado la versión indonesia de La Jaula de las Locas.

El valor del almuerzo bordeó los siete dólares. Con cerveza, entrada y plato de fondo incluidos.

Aproveché de caminar un rato en busca del médico brujo, a lo largo de pequeñas calles pavimentadas con casas a los lados que eventualmente daban paso a terrazas y terrazas de plantaciones de arroz. Luego de un rato, encontré efectivamente a don Ketut (el nombre del curandero), pero me pidió que volviera al día siguiente temprano pues estaba cansado. No hay problema, dije, de todas maneras me tiene mañana a las ocho frente a su puerta.

¡Las huinchas!

Ya en el bungalow, no llevaba ni diez minutos de dormido cuando un movimiento de entrañas fulminante me catapultó fuera de la cama y en dos zancadas llegué al baño. Debatiéndomelas contra un par de piernas flacidísimas, hice lo posible por apretar las rodillas mientras limpiaba el retrete de la fauna de insectos que estaban retozando felices de la vida. Fue como expulsar a la mitad del elenco del canal Animal Planet.

Cuento corto, pasé el resto de la noche semi afiebrado y yendo al baño cada veinte minutos, entre los cuales lo único que hice fue ver alelado el ventilador en el techo. Condenada agua mineral balinesa. Me pasa por querer ahorrarme el dólar y medio de diferencia que había con Evian. Básicamente pasé el día siguiente en cama, aunque logré cambiarme a un hotel un poco más limpio para al menos tener un baño con un nivel de higiene tolerable para usar. Así pasaron las escasas cuarenta y ocho horas que tenía para estar en esa isla paradisíaca.

Por un golpe de suerte, me desperté un poco más aliviado el último día. Logré ir temprano donde el médico brujo, y todo resultó bien. Me leyó la fortuna (que siempre es buena, según me habían contado los meseros del restorán que fui el primer día), conversamos un rato y me batí en retirada.
Antes de salir, le conté que me había intoxicado el par de días anteriores. Es muy grave eso, dijo, deberías ir a un doctor. No se preocupe señor curandero, ya estoy mejor, le contesté. Dos horas después, ya estaba sentado en el avión de vuelta.

El excesivo calor y humedad hacían que el aire acondicionado se viera como humo dentro de la cabina. Fue como tener una máquina de neblina a bordo, cual motel con alas. Genial.

lunes, 2 de agosto de 2010

Victoria Peak II

Victoria Peak es el punto más alto de la isla de Hong Kong, con algo así como trescientos metros sobre el nivel del mar. Como lo habrán visto a comienzos de este blog, tiene un mirador bien bonito desde el cual se pueden ver los dos lados de la isla, sólo que el lado norte (que apunta hacia la gran ciudad) casi siempre está con bruma. Pero ahora es verano, y el sol inclemente se ha encargado de disipar la humedad relativa del ambiente y por consiguiente levantar la cortina un tanto sucia que cubre a la gran Hong Kong.
Eran casi las siete de la tarde, y la gente se estaba comenzando a apelotonar en el mirador. Tuve que combatir codo a codo con una marisma de chinitos que estaban ansiosos por tomar la foto perfecta (son peores que los japoneses).
El IFC2 corona el espacio aéreo hongkongués.

Si me hubiera quedado una media hora más, habría alcanzado a ver cómo la ciudad prendía sus luces, pero la asfixia de origen humano me tenía un poco aburrido a esas alturas.

Por lo que tomé las últimas fotos de la bahía y me fui al otro lado del mirador a ver la puesta de sol.
Decididamente escapar de las masas trae sus recompensas. Ya otro de estos días iré a luchar por sacar fotos nocturnas de la ciudad.

miércoles, 28 de julio de 2010

Un mordisco de Japón

Con motivo del cumpleaños de un par de amigos, aproveché de pisar tierras niponas una vez más a comienzos de abril. Los cerezos en flor ya llevaban más de una semana pintando las calles y parques de Tokyo con sus rosas melancólicos, y los pétalos ya comenzaban a caer cuando me bajé del bus en ICU, la universidad donde estudié durante un año.

Como era de esperarse, nada había cambiado mucho. Ahora bien, Tokyo es probablemente una de las ciudades más tecnológicas y arquitectónicamente avanzadas del mundo, pero por algún motivo siempre he tenido la impresión que, fuera de la forma plástica de los edificios, nada pareciera cambiar demasiado rápido. Las estaciones pasan de primavera a verano, luego de otoño a invierno y primavera una vez más. Flores, cigarras, hojas secas y árboles con escarcha. La garita del guardia tenía el mismo guardia que probablemente lleva años trabajando y seguramente va a seguir por varios más; lo mismo con las oficinas centrales de la universidad y las secretarias, y lo mismo con los profesores. El patio de la universidad seguía sembrado de estudiantes descansado en los mismos lugares. Lo único que había cambiado eran sus caras.

Había algunos eficios nuevos en el vecindario, pero el ordenado caos llevaba más que nunca el tono silencioso y cotidiano de la vida en Tokyo. Lo que es una contradicción, pues al decir Tokyo uno se imagina el anime, millones de personas en la calle y toda suerte de ruidos y juegos de luces (cortesía de Pokemon y sus episodios inductores de epilepsia). Pero Japón es un país de contradicciones, partiendo por la religión. No es algo que personalmente me deprima; es simplemente así. Y por lo mismo disfruté un mundo el viaje. Fuera de las personas que ya no estaban, la ciudad me recibió con los mismos lugares, los mismos olores y el mismo sabor a nostalgia y soledad.

Pero bueno, dado que no contaba con mucho tiempo, fui prolijo en visitar mis lugares favoritos, lo que involucraba cantidades ingentes de comida. Partí con mi tienda de sushi preferida, donde la relación precio - calidad del sushi es la mejor que mi extensa investigación hace dos años entregó. De más está decir que estaban los mismos cocineros, e incluso la misma viejita jorobada sirviendo el té y recogiendo los platos.

Partí con el supuesto mito que tanto discutí con gente en Chile y otros países: pulpo fresco. Así es, es pulpo sin cocinar. No sé si cortarán una parte especial, pero está crudito y es increíblemente suave (y sabroso). En japonés se llama 'nama dako'.

El cartílago crujiente del 'nama geso', tentáculos de calamar, seguía igual de chicloso que siempre.

Y bueno, mi foco de atención fue el atún. Informes señalan que Japón consume el ochenta o más por ciento de la población mundial de atunes, por lo que los dos caminos a seguir dentro de los próximos pocos años van a ser 1) se prohíbe la pesca del atún o 2) el atún encuentra su fin como especie en el estómago de los japoneses. Así que tuve que aprovechar de hincarle el diente a los últimos atunes explotados legalmente. En primer lugar, maguro: la calidad más baja del atún, con un sabor fresco y un tanto dulzón.

En segundo lugar, chuutoro: atún de mediana calidad, con mayor contenido de grasa y por lo tanto más sabor, ya es un deleite para el paladar sentir cómo la carne microfibrosa impregna la boca de una sensación fresquísima y cargada esencia.

Y en último lugar, ootoro. El rey de los atunes, el corte más fino y grasoso. Es cosa de comer uno para ya comenzar a sentir el estómago pesado. Y más que comer una pieza, sería absorberla: la carne es tan tierna y blanda que se deshace en la boca. Es el foie gras de los pescados, el wagyu del reino marino. Muy difícil -sino prácticamente imposible- de encontrar fuera de Japón, dado que sólo los atunes más grandes tienen cantidades lo suficientemente altas como para ser comercializadas. Un imperdible si alguna vez se está visitando tierras niponas.
Esto puede resultar un tanto al azar, pero no pude resistir sacarle una foto a ese funcionario del metro. Las cejas eran demasiado grandes! Era casi como si tuviera dos pedazos de alga pegados.

Ya subiré un poco más de fotos en otro momento cuando no sean las cuatro de la mañana.


sábado, 24 de julio de 2010

Tifón strikes back

Entré a la antesala del ascensor en el centro comercial cerca de mi depto, y haciendo uso del enorme espejo de al fondo pude ver que el ascensor estaba abierto. Ahora bien, dado que sube y baja trece pisos, las probabilidades de encontrarlo a la primera son casi nulas, y por lo general hay que esperar unos engorrosos siete minutos a que vuelva. Por lo que decidí emprender la carrera hacia el ascensor, costase lo que costase.

Tres metros hacia el frente y luego uno a la izquierda me separaban del aparato. La gente que estaba dentro me vio, y mientras daba el primer paso pude verles la cara de apuro por cerrar la puerta. Los muy infelices. Redoblé mis esfuerzos y, al terminar el segundo tranco, el agua de tifón que había sobre la cerámica me jugó la muy trillada mala pasada y me precipité al piso como un saco de papas, al punto que la gente del ascensor arrugó la cara con una mueca de 'auch' (no le quité la vista al ascensor en ningún momento). Esto no impidió el que siguieran apretando el botón de cerrar puertas, y efectivamente lograron cerrarlas. Pero me puse de pie en una fracción de segundo y salté a apretar el botón y ¡voila! Se abrieron las pesadas cortinas de acero. Los chinitos se veían sorprendidos y sumamente incómodos. Yo, por mi parte, entré triunfal (bueno, lo más cerca a triunfal que se le permite a alguien que dejó la dignidad por los suelos al caer en la novatada de resbalar en piso mojado) e intentando disimular la cojera que me quedó después del costalazo. Los nueve pisos los subí con la cabeza en alto, pero sobándome el codo 'pa callao'. Al menos me ahorré los siete minutos de espera. Mis dos nuevos moretones me recordarán tomarme las cosas con más calma estos días monzonezcos.

miércoles, 21 de julio de 2010

Monzones, tifones y remojones

Ya van dos días desde que volví a Hong Kong. Por fin recibí mi visa de estudiante, el último eslabón en el engorroso proceso de admisión a la universidad. Así que ahora sí que comienzo, sin dudas, mis estudios en septiembre. Y por lo mismo ya comencé a adquirir la bibliografía necesaria; hoy emprendí una travesía al otro lado de la isla a comprar uno de los muchos libro que voy a tener que poner debajo de la almohada por los siguientes diez o doce meses.

Lo único que no contaba fue con la astucia del clima. Ayer y anteayer había estado fantástico, dos días de verano prístinamente hermosos, ni siquiera tan húmedos y con una brisa ligera que casi me saca lágrimas. Pero hoy tuve el primer recordatorio de lo que se avecina: la temporada de monzones. Mi primer tifón en Hong Kong, ¡qué emoción! O bueno, eso pensé hasta que me bajé del minibús en frente de la Universidad de Hong Kong (no es donde voy a estudiar, pero era el único lugar donde tenían el libro que andaba buscando). La simpática llovizna que me acompañó hasta la parada de bus se había convetido en un diluvio voraz que probablemente me habría ahogado ahí mismo de no haber llevado paraguas.

El campus principal de la Universidad de Hong Kong tiene una superficie equivalente más o menos a la mitad del San Joaquín de la Universidad Católica, sólo que la parte interesante es que está ubicado en la ladera de un cerro. Por lo que pueden imaginar la cantidad de escaleras entre edificios. Una vez que llegué a la librería, ubicada en el corazón del campus, estaba más mojado que sostén de sirena. De lo único que sirvió el paraguas fue para proteger mi mochila que, apretada contra mi pecho y poniéndole el paraguas encima perpendicular a lo normal, logré que apenas se mojara. Pero el viento que arremetía por todos los frentes me dejó estilando y con el mismo peinado que Mozart habría tenido si hubiera sido buzo.

Alumnos de HKU enfrentando cataratas en una de las muchas escaleras que conectan los edificios del campus

Acompañado del rítmico 'pluish pluish' que entonan las zapatillas mojadas en estos casos, entré a la librería y compré el libro. "Parece que está lloviendo fuerte", dijo el cajero. Graciosito, él. Para mi alivio (aunque a esas alturas no hacía mucha diferencia), una vez que emprendí el camino de vuelta a la parada de buses para volver al depto, la intensidad de la lluvia había disminuido hasta una delgada cortina de llovizna, que continuó así hasta el momento en que cerré la puerta del edificio detrás mío.

Cabe mencionar que este tifón fue grado uno, en una escala de ocho o nueve siendo nueve el máximo. Creo que a partir del grado seis la gente no va al trabajo. Siquiera pensar en el grado nueve me hace evocar el final de Cien Años de Soledad.

martes, 6 de julio de 2010

Señales de vida

No estoy muerto, sólo andaba de parranda (como dicen por ahí). En estos momentos me encuentro en Australia visitando a mi amiga Angel (aprovechando que quedaba en el vecindario), y su familia tuvo la amabilidad de alojarme en su casa. Dado que la mamá es profesora de chino, sigo practicando el idioma; es más, prácticamente todas las comidas y situaciones cotidianas se llevan a cabo en chino. Por lo que estoy progresando; lento, pero seguro. Pero por lo mismo, aviso que durante las siguientes dos semanas tal vez no escriba tanto en el blog. Una explicación un tanto absurda, dada la poca frecuencia con que he escrito últimamente (mea culpa, mea culpa), pero pronto debería comenzar a reivindicarme con las anécdotas. Hasta el momento las hay por los cientos, y sólo tengo que darme el trabajo de redimensionar las fotos y postearlas junto con algunas palabras. Desde Indonesia hasta Japón, pasando por Shanghai, Singapur, Europa y Australia